Andaba yo por ahí tan campante por la Gran Vía de La Manga (Murcia) cuando me encontré con esta (comillas) «Oferta» (comillas) que me hubiera parecido interesante si no fuera por ese pedazo de comillas que parecen indicar justamente lo contrario: un irónico mensaje para tratarse de una sencilla oferta.
Pero esto no es todo…
… de repente en el mismo local veo este otro letrero, donde se asegura que (comillas) «hacen» (comillas) unas estupendas hamburguesas (comillas) «caseras» (comillas), vamos, como viniendo a decir que son «de la casa McDonalds» por lo menos.
La afición del rotulista de este local debe ser grande, pues un tercer letrero me impactó cual puñetazo en la jeta de Topuria:
Efectivamente: aquí se ven, si bien tímidamente, comillas en todos los términos del cartel: desde Oferta a Queso, Manchego y Semicurado. Solo se salva el precio. Como si la oferta fuera un fake; el queso, mortadela; la región, Asturias y de curación, nada.
En el nombre de Dios, ¿por qué hay gente que piensa que las comillas sirven para enfatizar en vez de para simplemente hacer citas o mostrar ironía?
El fin del mundo no me preocupa tanto como el precio de una Carslberg, pero por suerte…
Hay cerveza para siempre jamás, hasta el fin de los tiempos, hasta el fin de la existencia. ¡A un euro, oiga! (técnicamente: al «primer» euro / 1º euro).
El Apocalipsis está bien, pero habría sido un detalle avisar con algo más que un cartel en un bar de mercadillo. Mientras tanto, ¡a disfrutarlo!
Como se explica en este instructivo vídeo de Vinheteiro, hay instrumentos injustamente olvidados por la historia de la música: el theremín, la zambomba, el cencerro de vaca y, en lo más alto del Olimpo acústico, el WTFquico pollo de goma.
Cada ejemplar tiene un sonido único. Las sutiles variaciones en la densidad del látex hacen que tengan distintas personalidades acústicas. Afinarlos requiere comenzar analizando su frecuencia fundamental, que es como su alma. Requiere precisión: el aire desplazado, el retorno elástico y el comportamiento de su cámara interior (…)
Esta técnica no es «apretar el pollo y ya», requiere poco menos que escuchar su alma vibratoria, mientras el pollo grita como si hubiera visto el recibo de la luz. Al terminar, los pollos quedan listos para interpretar una pieza con una dignidad que ya quisieran muchos otros instrumentos tradicionales. Y es que la verdadera música no depende del instrumento, sino de la seriedad con la que uno se enfrenta a ella.